Lufthansa Highlights Leipzig

 

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Lufthansa Highlights Leipzig: Un animado recorrido por Leipzig

Más tarde Georg Büchner se inspiró en esa historia. La nieve roza mis labios. Ha llegado el momento de tomar un chocolate caliente en el World Coffee Shop de la librería Hugendubel (Petersstraße 12–14), segunda planta, pasando la sección de Religión y Filosofía, justo al lado de Vehículos y Hobbies. Dicen que es el lugar perfecto para encontrar pareja en Leipzig. Yo, por desgracia, no tengo suerte. ¿Ha escrito alguien una canción sobre el aire de Leipzig? ¿Como la famosa canción sobre el aire de Berlín? No que yo sepa. En noches frías como ésta incluso puedes verlo al espirar, pero todavía más bonito es saber de qué está compuesto: una pizca de Bitterfeld, otro poquito de Bach, el suave aliento de la revolución pacífica, el sudor de los jóvenes pioneros, la voz vociferante de Walter Ulbricht y la “Oda a la alegría" de Schiller.

En el Mercado nuevo se oyen las campanas de San Nicolás y Santo Tomás repicar en armonía. En la primera, a finales de los ochenta, los rezos por la paz desembocaron en la caída del Muro, en la otra Marx y Engel presenciaron tiempo atrás el bautizo de Karl Liebknecht. En Santo Tomás esta noche tocan la misa en si menor de Bach. Pero tengo hambre y me dirijo a toda prisa a mi coreano favorito, el restaurante Kim en Strohsackpassage (Nikolaistraße 6–10).

Die Geschäfte schließen. Las tiendas cierran. En las calles, que deben su nombre a los oficios que antaño se desempeñaban en la zona (sal, zapateros, paños), se mezcla el idioma nativo con el parloteo de los estudiantes internacionales. En la calle Brühl, las coloridas salpicaduras del pintor local Michael Fischer-Art con negros ropajes rematados con tul de los góticos que salen del bar Absinth y se dirigen a la Katharinenstraße. Adictas a la moda bien perfumadas, el ligero chirriar de los correpasillos de los jubilados.

Aunque no es una ciudad cosmopolita, Leipzig es un mundo en sí mismo. Quizá es necesario marcharse y volver para valorar aquello que sólo saben apreciar los turistas.

Me marché de adolescente y volví con 40. Para mí, Leipzig se compone de recuerdos de la infancia y redescubrimientos, de restos del socialismo y del esplendor del capitalismo. Sentimentalismo cubierto de caca de paloma y el titubeante auge de la Alemania del Este, el “Dona Nobis Pacem“ de Bach y el himno local “Sing, mein Sachse, sing”. Los rituales también son sinónimo de estar en casa. En el coreano pido lo de siempre: Bulgogi (tiras de ternera especiadas fritas en la mesa del cliente), Kim-Chi (col china con una marinada agria) y sake caliente (vino de arroz). El local no es precisamente bonito, está ubicado en un centro comercial, la decoración es la típica de los restaurantes asiáticos, pero la comida es excepcional y nunca te encontrarás a los sospechosos habituales demasiado ocupados en locales como Barcelona y Sol y Mar de la tan de moda Gottschedstraße.

El centro de Leipzig puede cruzarse en una docena de pasos. Mi cine favorito, el Passage, no está muy lejos (Hainstraße 19a). Las acogedoras butacas de las filas de atras de “Astoria“, la sala más grande, son un lugar ideal para besuquearse. Para después de la película, recomiendo mi romántico paseo nocturno “Veinte años tras la caída del Muro”: hay que bajar por la Hainstraße (allí Theodor Fontane trabajó como aprendiz de boticario), luego ir hacia la izquierda, dejar los grandes almacenes Galeria Kaufhof a la derecha, continuar por la zona peatonal y pasar la zona de obras donde están reconstruyendo la Iglesia de la Universidad, continuar entre Mendenbrunnen y la Gewandhaus en dirección a la oficina principal de correos.

Leipzig, la ciudad de los héroes, de la música y la feria del libro. Madre de la Nueva Escuela de Leipzig. Leipzig es un estado de ánimo, una actitud, una especie de patria. Es hora de ir a tomar la última. Un cóctel sin alcohol Miss Marple en el Sonder Bar o algo más fuerte en el First Whisk(e)y Bar donde sirven 150 tipos de whisky (ambos bares: Strohsackpassage, Nikolaistr. 6–10).

Me decido por un vaso de Lagavulin, un whisky de malta de 16 años con aroma a turba y algas y con un sabor como a cable quemado, una bebida para valientes. Casi nunca bailo y si lo hago es de mala gana, pero tras el segundo vaso de Lagavulin siento bullir la juventud dentro de mí y me dirijo a la zona de bares de la Barfußgässchen que lleva el curioso nombre de Drallewatsch (una antigua palabra sajona que significa pasarlo bien), por el camino me cruzo con borrachos nocturnos, un grupo de punks y turistas con ganas de aventura y también me pregunto a dónde conducen todos los pasajes que cruzo con el aliento humeante, Mädler. Strohsack, Messehof. ¿Y todos los edificios antiguos reformados?, ¿quién vivirá allí?

El sótano de Spizz, frente al Antiguo Ayuntamiento, siempre está lleno a partir de la 1 (Markt 9). En el pequeño escenario situado bajo la cubierta decorada con instrumentos de vientos siempre hay alguna actuación “Jazz Funk Disco“ o “Piano Boogie Night”, la entrada es gratuita. Un paso hacia la izquierda con el pie izquierdo. Un golpecito con el pie derecho hacia la izquierda. Entonces el lipsi no llegó a tener mucho éxito, pero a Leipzig le espera todavía lo mejor.

 
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