Lufthansa Highlights Hannover

 

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Lufthansa Highlights Hannover: "Una ciudad encantadora"

Claro que a menudo pienso en Hannover: aquí pasé mi infancia y mi juventud. Nací aquí y todo lo que viví hasta los 18 años está muy ligado a Hannover, todo lo nuevo, lo emocionante, lo luminoso y prometedor.

Y sé que muchos que no son de aquí no lo ven así y les cuesta descubrir la ciudad, pero Hannover tiene muchas cosas admirables. En primer lugar, están mis padres, que son estupendos y no soy la única que piensa así, y un montón de lugares de interés a los que antes llamaba mis nostalgias. Un buen ejemplo es la copistería a la que iba muchos sábados con mi padre en su Citroën a fotocopiar documentos para su oficina. Creo que tenía cinco años y un día un señor de pelo largo que estaba en la caja me dio una camiseta naranja en la que ponía “Kiss me!“, debajo había dos estilizados labios negros.

Eso es para mí Hannover. El sitio tiene un cierto aire alternativo. Lamentablemente esa copistería ya no existe y la camiseta acabó tiempo después en la caja de los disfraces. Pero muy cerca, siguiendo las vías del tranvía, está el parque barroco más bonito de Europa. Se llama jardines Herrenhäuser y está lleno de fuentes, laberintos, pérgolas enmarcadas de rosas, estatuas de alabastro, árboles podados artísticamente.

También hay un teatro al aire libre y la gruta mágica de la artista del Pop-Art Niki de Saint Phalle.

Siempre me imaginaba caminando orgullosa por esos senderos con un vestido ceñido con miriñaque, mi hermana me acompañaba con una peluca blanca empolvada y un lunar pintado en la mejilla. Con nueve y once años esperábamos que apareciera súbitamente por detrás de algún seto alguna figura histórica de esa época, Mozart, Napoleón o al menos Kaspar Hauser.

No muy lejos de allí, a unos 30 minutos a pie en la dirección contraria, se encuentra el Ayuntamiento Nuevo al que más de un forastero ha confundido con una catedral. A mí me gusta especialmente subirme en el veloz ascensor que hay en el interior de la cúpula teñida de verde cobre. Arriba del todo, desde el mirador, hay una vista panorámica del Deister que es la cordillera de la Baja Sajonia. Allí viví alguna que otra experiencia. Recuerdo, por ejemplo, una excursión de la escuela elemental en la que mi compañera de clase Susanne no paraba de repetir: “Mi padre lo sabe todo. Es como un diccionario”.

El Ayuntamiento Nuevo se encuentra en el extenso Maschpark, un parque que alberga varios estanques y un lago: el Maschsee. En un lado está la playa urbana con una zona de césped en la que tumbarse, un embarcadero e históricos vestuarios de los años treinta. Mi restaurante favorito de Hannover también está allí: Die Insel. El último verano hice con el móvil algunas fotos del cielo rojizo del atardecer. Desde la terraza, la vista se extiende unos dos kilómetros y medio, justo allí se encuentra el paseo festoneado de impresionantes palmeras.

Pasando las enormes esculturas rojas de acero de Alexander Calder está el museo Sprengel donde se aloja una recreación del edifico Merz de Kurt Schwitter. Es una visita imprescindible. Desde pequeña soy una gran aficionada a los collages y trabajos gráficos de este artista de Hannover. Era la “oveja negra" de la ciudad. Y creo que los dos tenemos la misma forma de pensar. Además el restaurante Bel Arte (con vistas al lago) fue donde besé a mi marido por primera vez.

Pero continuemos con el tema del arte: volviendo en dirección al centro de la ciudad, en la orilla del río Leine se celebra todos los domingos un mercadillo alrededor de las voluptuosas Nanas, las esculturas de la artista Niki de Saint Phalle. Si ahora cruzamos el río Leine y nos dirigimos al casco viejo obligatoriamente empezaremos a seguir “el hilo rojo” trazado en 1971 sobre los adoquines con textos de Harry Rowohlt. Este hilo pasa por distintos monumentos arquitectónicos y llega hasta el Café Kramer 12 en el que trabajé de camarera a los 17 años.

Lo bueno de Hannover es que todo está muy cerca y se puede ir a pie. Vuelvo a sentirme joven y sedienta de experiencias y me veo deambulando por las calles bañadas por el sol, acompañada del gorjeo de los mirlos. Podía pasar días y días recorriendo nuestros infinitos bosques urbanos. Solía vagabundear por allí con mis vaqueros desgastados, zapatillas de terciopelo y los ojos pintados de negro mientras liaba cigarrillos reviviendo la era hippie.

Por cierto, Hannover es la City of Rock. Pregunten a cualquier ciudadano de Hannover y se lo confirmará.

 
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