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Lufthansa Highlights Berlín: "Y por fin el Muro cayó"

Un Trabbi imparable. Atraviesa el muro sin un rasguño y se abre paso hacia la libertad. A lo largo de los años, sin embargo, los graffiti han estado a punto de acabar con él. Ésta es una de las razones por las que Birgit Kinder vuelve por quinta vez a repintar el Trabbi de la East Side Gallery. Rodeada de turistas y un equipo de la televisión japonesa, permanece desde primeras horas de la mañana frente al muro de hormigón de la Mühlenstraße restaurando su obra. Hace diecinueve años artistas de todo el mundo pintaron llenos de euforia una sección de 1,3 kilómetros de longitud del muro caído, creando de esta manera la East Side Gallery, la galería de arte al aire libre de mayor longitud del mundo.

La caída del Muro también significó el comienzo la carrera de Birgit Kinder como artista. En 1983 se trasladó desde su ciudad natal de Gehren, Turingia, hasta Berlín Este, allí trabajó para la compañía de ferrocarril alemana, después de trabajar asistía a cursos de artes plásticas. Cuando se enteró de la caída del Muro, Kinder se dijo a sí misma: “Ha llegado mi momento. Ahora todas las paredes son grises“, recuerda la artista. El dibujo del Trabbi lo hizo por primera vez en julio de 1990. “Tenía que librarme de todo lo que me oprimía. Estábamos hartos de tanta estrechez y tristeza“. Su propio coche sirvió de modelo, matrícula incluida. Más adelante cambió el número de la matrícula por la fecha histórica de la caída del Muro.

La East Side Gallery, la sección del Muro de Berlín más larga que se conserva, nos ayuda a comprender la historia. Simboliza tanto la división como la unidad. Podría decirse que Kinder también pinta contra el olvido. Más de dos décadas después de la caída del Muro, en la capital quedan muy pocas cosas que nos recuerden la poderosa fortificación que dividió la ciudad durante 28 años, dos meses y 28 días. A principios de 1990, la RDA comenzó a demoler la frontera de hormigón. En los meses siguientes desapareció casi por completo la construcción más imponente de la ciudad de Berlín. Sólo han quedado huecos, descampados y recuerdos.

Hoy en día hay que tener los ojos bien abiertos para poder encontrar huellas del Muro de Berlín. En la Ebertstraße, cerca de la Puerta de Brandenburgo, por ejemplo, una estrecha tira de adoquines señala como si fuera una cicatriz de seis kilómetros el anterior trazado del Muro.

Sin embargo, en un primer momento, Berlín tenía poco interés en preservar las huellas del Muro, la mayoría de las historias entorno a este monumento histórico eran sinónimo de sufrimiento: dividía lo que debía permanecer unido, separó a familias, amigos y amantes. Al menos 136 personas fallecieron intentando huir.

Kieler Straße, 11 horas. Jürgen Litfin espera a los turistas sentado en una silla de camping delante de una de las torretas de la frontera cerca del puerto de Humboldthafen. La misma historia se repite todos los días. Gente que llega en grupos, tanto de escolares como de adultos, con frecuencia cientos de personas cada día. A veces son tantos que Liftin ni siquiera tiene tiempo para comer. En 1981 la República Federal de Alemania pagó el rescate de este soldador del Weißensee berlinés encarcelado por motivos políticos. Jürgen Liftin consiguió impedir que la torre fuera demolida; de las 302 torres de vigilancia que antes rodeaban Berlín Oeste sólo quedan tres en toda la ciudad.

En la torre, que es a la vez monumento conmemorativo y museo, Jürgen Liftin cuenta la historia de su hermano: el 24 de agosto de 1961, Günter Liftin recibió los disparos de un policía, fue el primero de los muertos del Muro que entonces sólo llevaba once días en pie. Jürgen, de 24 años, era sastre de profesión y quería ir a nadar aquí, en el puerto de Humboldthafen. Desconocía que los policías tenían orden de disparar a los que intentaran cruzar el Muro. Hasta que recibió los primeros disparos. Para Jürgen Liftin las visitas guiadas son también una forma de superar la tragedia. Todavía le pesa la muerte de su hermano, no consigue librarse del pasado. Con la torre Liftin ha conseguido levantar un monumento que mantiene vivo el recuerdo de los crímenes del Muro. “Lo peor es el olvido“, comenta. “Los horrores del Muro ya no se ven en ninguna parte de Berlín”.

Ni siquiera en el Checkpoint Charlie, donde la Historia se escenifica y los guardas de la frontera son tan auténticos como muñecos de Disneylandia. Delante de una barraca de madera de imitación, Sana Berjawi, de Berlín-Steglitz, posa y se deja fotografiar por los turistas. Un euro por fotografía. La joven, de origen tunecino, lleva uniforme norteamericano, la bandera estadounidense en la mano derecha y el apellido Gardner escrito en su placa identificativa.

“You can make a picture with me“, dice para romper el hielo. Berjawi también habla francés, árabe y, por supuesto, alemán. Además chapurrea español, italiano e incluso chino y japonés dependiendo del origen de los turistas.

Algunos se acercan a ella directamente, sobre todo los norteamericanos, y le comentan que el Muro era algo inhumano y que las formalidades de entrada eran humillantes. Entonces, Berjawi coge a los visitantes del brazo y les consuela sin necesidad de pagar. A menudo es una gran ayuda, pues su buen humor es contagioso. La han invitado incluso a viajar a Florida. Tenía diez años cuando cayó el Muro, así que conserva pocos recuerdos de la división de Berlín. Entretanto, la ciudad de Berlín, que al principio sólo quería olvidar, lucha por conservar los últimos restos del Muro.

Ahora, el dolor empieza a remitir y florecen las exposiciones, los monumentos y los homenajes a los caídos que nos recuerdan la antigua frontera. Son las 12 del mediodía y el padre Manfred Fischer, oriundo de Frankfurt, celebra en la Capilla de la Reconciliación un oficio en honor de las víctimas del Muro.
La antigua iglesia de su parroquia, la Iglesia de la Reconciliación, estaba antes allí, pero jamás llegó a verla por dentro, pues en 1975, cuando empezó a trabajar en la Bernauer Straße, la iglesia llevaba 14 años en tierra de nadie, en la frontera de la RDA, y nadie podía acceder a ella. El Muro dividía la parroquia. En la zona Este, para construir el Muro destruyeron las casas, en el Oeste los servicios religiosos se trasladaron en 1965 a la casa parroquial.

Veinte años después, Fischer estaba de viaje por los EE.UU. cuando vio por la televisión norteamericana cómo volaban su iglesia. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y la iglesia se perdió para siempre. Tras la caída del Muro, Fischer luchó para preservar un trozo del Muro de la Bernauer Straße y junto con un grupo de colaboradores dieron vida al monumento conmemorativo del Muro de Berlín. Aquí, junto a la Capilla de la Reconciliación y al centro de documentación, discurre un tramo del Muro que nos muestra sus verdaderas dimensiones. Está previsto que antes de 2012 el monumento conmemorativo se amplíe hasta los 1,4 kilómetros. "Después de que volaran la iglesia nos sentimos realmente impotentes”, comenta Fischer, “pero nos hemos dado cuenta de lo importante que es conocer nuestra propia historia, para así no repetirla“.

(Escritor: Gunnar Herbst)

 
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